Las ciudades valencianas, en los últimos 10-15 años, han sido sometidas a una imparable expansión urbanística. La consecuencia más evidente ha sido que se ha sometido el territorio a enormes transformaciones, con graves impactos económicos, ecológicos e incluso sociológicos. Hay que tener en cuenta además que ese crecimiento urbanístico no ha sido acompañado de suficiente dotación de equipamientos, sobretodo de zonas verdes y arboladas. Los datos oficiales no desmienten esa percepción: un estudio pormenorizado de la Revista Consumer sitúa a Valencia en el farolillo de cola de la ciudades española con tan solo 5,3 mq/hab, mientras que la ciudad de Alicante siquiera había aportado los datos.














