Las ciudades valencianas, en los últimos 10-15 años, han sido sometidas a una imparable expansión urbanística. La consecuencia más evidente ha sido que se ha sometido el territorio a enormes transformaciones, con graves impactos económicos, ecológicos e incluso sociológicos. Hay que tener en cuenta además que ese crecimiento urbanístico no ha sido acompañado de suficiente dotación de equipamientos, sobretodo de zonas verdes y arboladas. Los datos oficiales no desmienten esa percepción: un estudio pormenorizado de la Revista Consumer sitúa a Valencia en el farolillo de cola de la ciudades española con tan solo 5,3 mq/hab, mientras que la ciudad de Alicante siquiera había aportado los datos.
Es una evidencia que el verde urbano representa un apartado fundamental de la calidad de vida en una ciudad: la OMS (Organización Mundial de la Salud) subraya la necesidad de que la cantidad no sea inferior a los 15mq/hab, para asegurar unas condiciones de vida aceptable (Madrid, Pamplona y Vitoria alcanzan esa cifra). Un verde urbano abundante y en condiciones provee importantes beneficios: palia el aumento de las temperaturas, ayudar a limpiar el aire contaminado, transmite bienestar, reviste la función de espacios de recreo y esparcimiento, hace las ciudades más habitables.
Las ciudades valencianas, rodeadas de zonas agrícolas de gran valor, tienen que plantearse su integración en el tejido urbano, respetando sus peculiaridades y su alto valor natural y económico. Promoviendo su protección y aprovechándolas para conformar una red capilar de verde urbano de gran calidad. Londres es muy conocida por sus parque: además tiene la peculiaridad, por extraño que pueda parecer, de albergar 15 granjas urbanas esparcidas por toda la ciudad.
*Artículo del portavoz de Valencia Giuseppe Grezzi, publicado en el Suplemento Bio de El Mundo.




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